El idiota

Cuento anti-épico

El idiotaEl cuerno se elevó por encima de la niebla y penetró en compañía de las primeras luces del alba entre montañas. Al oír su sonido K arrojó las mazorcas de maíz que llevaba entre los brazos y echó a correr cuesta abajo en dirección al Árbol. Llegó el primero y esperó a que fueran apareciendo los convocados, también a los que vendrían desde el mar, pues en aquel lugar, bajo el Árbol, todos eran la misma gente y familia. Continuar leyendo «El idiota»

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Escombros

Escombros

Un minuto antes el cielo lucía despejado, el viento soplaba suave y cálido y un tenue resplandor anunciaba la salida de la luna por detrás de las montañas. Hasta ese mismo minuto, la niña jugaba con los reflejos del último sol en las aguas quietas del pilón, eran de oro y plata y con ellos se hacia el vestido que luciría cuando sus padres vinieran a buscarla. De pronto, un sonido estridente se elevó desde el valle y la tarde saltó por los aires y los reflejos en el agua se rompieron en mil pedazos. La niña sabía lo que eso significaba y también lo que tenía que hacer, se lo había dicho el anciano que estaba a su cargo: cuando oigas el sonido de la sirena, estés donde estés, te vienes corriendo. Cuando llegó, el anciano la estaba esperando junto a la puerta del cobertizo. La tomó de la mano, bajaron las escaleras del sótano, entraron a su oscuridad y se encaminaron hacia el viejo armario, junto a la leñera. Métete ahí dentro y no salgas hasta que vuelva a buscarte. Ella asintió, la puerta se cerró y se quedó acurrucada en la triple oscuridad del sótano, del armario y de sus ojos apretados.

Antes de que resonara el primer estruendo, la niña ya se alejaba en compañía de su amigo Abu; se dirigían hacia las montañas. Y como caminaban muy rápido y no se cansaban, enseguida llegaron. Las montañas eran enormes. Cruzaron muchos barrancos y treparon por muchas rocas, pero por fin, después de mucho andar, encontraron un camino muy estrecho que subía y subía hasta lo más alto de la montaña. Desde allí contemplaron los amplios valles y el horizonte marino, y la niña se imaginó el mar, y era azul e inmenso. Abu, vayamos al mar, le dijo la niña a su amigo. Y cuando llegaron, el mar era como se lo había imaginado: azul e inmenso. Y como Abu, además de pastor, también era marinero, cogieron una barca y en ella cruzaron las aguas hasta llegar al país encantado en el que sus padres vivían. ¡Papá! ¡Mamá! Aquí estoy, ya no tendréis que venir a buscarme, les dijo arrojándose a sus brazos. Y se abrazaron y lloraron de alegría. Siempre estaremos juntos, no volveremos a separarnos jamás, decía su madre entre besos y sollozos.

La niña abrió los ojos a la oscuridad y aguzó el oído. Ahí fuera no se oía nada. Hacía tiempo que aquellos terribles estallidos habían cesado. El anciano no tardaría en venir a buscarla. Vamos pequeña, ya ha pasado el peligro, le diría, pues siempre le dice lo mismo. Pero el tiempo pasaba y, aunque ningún sonido rompía el silencio, el anciano no aparecía. Entonces la niña dudó en abandonar el armario, pero el anciano se enfadaría muchísimo y no se atrevió. Tendría que llamar de nuevo a su amigo Abu… Estaba a punto de hacerlo, cuando se durmió.

Se despertó con sed y unas terribles ganas de mear. Si no quería hacerlo allí dentro, no tendría más remedio que salir del armario… Vamos, será solo un momento, se animó. Y entornó la puerta con muchísimo cuidado, recorrió con la mirada el sótano entonces iluminado por la claridad que llegaba del exterior y, sin pensarlo más, abandonó su escondite y rápidamente se fue a un rincón de la leñera donde se alivió. Ahora ya podía regresar al armario… Pero la sed. ¡Ay!, se moría de ganas de beber.

Cuando abrió la puerta del sótano, la luz del sol hirió sus ojos y se los cubrió con ambas manos. Un intenso olor a humo y derrumbe la rodeaba. A tientas, la niña comenzó a remontar la escalera, pero, tras subir dos peldaños, su pie derecho no encontró el tercero y a punto estuvo de caer. Asustada, se detuvo. Poco a poco los ojos se le fueron aclarando y los abrió.

El cobertizo había desaparecido, a su espada la entrada al sótano parecía una boca negra abierta entre los escombros. No vio ninguna vivienda en pie, únicamente una pared con una ventana asomada a la intemperie. El árbol había desaparecido y la fuente también.

Entonces la niña se puso a gritar. Llamaba al anciano. Llamaba a la vieja Sara. Llamaba a Mahmoud, el viejo cabrero. Llamaba a Samir, el hijo del mulero. Luego comenzó a llamar a sus padres. ¡Mamá! ¡Papá!, gritaba.

Los escombros se tragaban sus gritos. El mundo era un montón de escombros.

PENSAMIENTOS MORADOS

Vaya por delante que todo lo que voy a expresar en las líneas que siguen no es más que una opinión propia y personalísima. Doy por cierto que no todo el mundo estará de acuerdo conmigo, posiblemente ni tan siquiera alguno de mis tres lectores. Pero son mis opiniones, mis pensamientos erráticos de una quincena contradictoria .

He asistido resignada a lo que yo llamo » el bombardeo del ocho de marzo». Ocasión inestimable para rellenar parrillas de programaciones mediáticas con bienintencionados programas en favor de la Igualdad. Como si la igualdad se hubiera convertido por una semana en el nuevo imperativo categórico. Es lo que toca, hablar de igualdad. Toca que señores rancios se dediquen a hacer discursos de esos que pretenden halagar condescendiendo y homenajeando de paso todo aquello de lo que queremos deshacernos. Toca teñir de morado los comunicados y las notas de prensa. Toca poner en tu perfil social un lazo morado, un círculo morado , un pensamiento morado. Y yo me sumo a la corriente y hablo de Igualdad, de equidad, de derechos y de izquierdos. Y yo me sumo a la corriente y pongo en mi blog compartido con un varón mis pensamientos morados del Ocho de Marzo.

En realidad, yo tenía ganas de reflexionar sobre la maternidad. No sobre el hecho de ser madre, que también, sino sobre el circo de seis pistas en el que se ha convertido la saludable costumbre de criar. Para empezar ¿ Es una elección personal de cada mujer? SI, a no ser que tengas que perpetuar un linaje real, pero eso se da poco. ¿Es una necesidad de la sociedad? SI , es la única manera de garantizar un futuro , de renovar el parque de consumidores que, a su vez, renovarán el parque de automóviles, de viviendas , de electrodomésticos, de teléfonos celulares, que comprarán ropa, equipamientos y en definitiva todo tipo de bienes que deberán ser transportados por las carreteras, ferrocarriles y puertos que construiremos con los impuestos generados por la circulación y cambio de manos de esos mismos bienes y servicios , una maquinaria perfectamente engrasada destinada a producir más , más rápido , más barato … así que.. fíjate tú lo que puedes conseguir decidiéndote a traer a este mundo esos tres kilos de cosa berreante, que además te atrapará para siempre en sus redes. Serás madre hasta que te mueras y lo mejor de todo es que además descubres que sigues siendo hija.

Y aquí está el meollo del asunto. Si es «la sociedad » la que necesita que procreemos ,¿por qué no se encarga la tribu de criar a sus vástagos? (¡Olé tu flequillo Anna Gabriel!). ¿Por qué hemos de asumir el coste de todo tipo nosotras? porque la verdad, un hijo ( yo hablo en masculino porque tengo dos varones) es una cadena perpetua. Un hijo te cambia la vida, nadie dice que vaya a mejorártela, pero te la cambia , vaya que sí. Un hijo duele sea cual sea la edad que tenga. Por esa causa me da tanta rabia que se pontifique sobre la maternidad y que se cargue contra aquellas personas que difieren del pensamiento único. Puedo entender que la maravillosa campaña publicitaria que intenta captar a mujeres dispuestas a ingresar en la secta de las madres guay se resienta en cuanto hay una voz discordante que intenta expresar o GRITAR lo que de verdad siente. Abnegación, sacrificio, ternura, felicidad obligada , ¿nos hemos dado cuenta de que el paradigma mediático de la maternidad era una revista que se llama “Ser Padres”? eso es lo que tienes que manifestar. Así tienes que comportarte. Pues NO, soy una persona única e imperfecta que quiere decidir sobre su imperfección y mantener su unicidad.

Y repito, este escrito no es más que la resaca dolorida de unas cuantas semanas de ochomarzismo empalagoso.

Chettan – Segunda parte

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No hay duda. Chettan se ha colado en las peripecias que M.E.F. Farmer protagonizó en el Kangchenjunga en 1929 y que has conocido por el libro “Quelques hommes et L´Himalaya” de Guy Mareste”, ese que Fran te regaló al comienzo de tu tratamiento –«toma, para que practiques con el francés», te dijo tendiéndote un ejemplar editado en 1950 por Editions Du Seuil y que ahora descansa en la mesilla de noche de tu habitación–. Y es que, desde que eres un hombre de suerte, Chettan no se te va de la cabeza.

Te han dado la noticia esta misma mañana. Habías sacado los pies de la palangana de agua templada y los tenías sobre la toalla para que se secaran al aire antes de que los vendaran con el cuidado de siempre, primero dedo a dedo y luego con sendos vendajes de malla. Bromeabas con la enfermera, mi mujer está celosa, le decías, y ella se reía, tu mujer puede estar tranquila, a ti no te quieren ni regalado. En esto, de manera imprevista, apareció el médico. Saludó con voz cantarina –parecía contento– y seguido te preguntó por tu estado. Y, sin darte tiempo a responder, te dijo que traía buenas noticias. ¿Sabe?, es casi seguro que no tengamos que desbridar las lesiones de sus dedos. ¿Desbridar?, preguntaste. Bueno, quiero decir que es muy probable que pueda conservar todos sus dedos intactos, el tratamiento está dando magníficos resultados. Desde luego, es usted un hombre de suerte, sentenció antes de abandonar la sala.

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Chettan – Primera parte

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Lleva tiempo sentado viéndoles subir entre campos que maduran y rododendros en flor, no les quita ojo. Cuando alcanzan las últimas revueltas del camino, Chettan se levanta y echa a correr, por nada del mundo se perdería la entrada de la caravana en su aldea. Es rápido, así que tiene que esperar un largo rato antes de verla aparecer comandada por un extranjero delgado como un junco y el pelo del color del arroz maduro. Y como los rayos del sol están ya enriscados en lo más alto, el jefe de la aldea les invita a pernoctar y el extranjero acepta con una inclinación de cabeza y una ancha sonrisa. Esa noche se hace una gran fiesta y se come, se bebe, se canta y se baila hasta muy tarde. A la mañana siguiente, antes incluso de que el sol alcance los sembrados más altos, la noticia corre ya de boca en boca: el extranjero, además de provisiones, necesita hombres que le ayuden con la carga; quienes resulten elegidos recibirán un buen puñado de rupias por sus servicios.

Los hombres que han sido tentados por la paga se agrupan frente a la mesa colocada junto a la Stupa, Chettan es uno de ellos, con esas rupias podrá tomar esposa. En eso llega el extranjero, se sienta tras la mesa y el sherpa que le acompaña impone el silencio a gritos. Formar una fila, les pide el sherpa, pasareis de uno en uno, por este orden, les aclara. Cuando llega su turno, Chettan descubre la espalda y siente en ella la frialdad del aparato con el que el extranjero escucha los ruidos que suenan por dentro. Siguiendo sus indicaciones, tose y aspira el aire a bocanadas, luego se gira y abre la boca, saca la lengua, muestra los dientes y, con gran recelo, deja que le mire los ojos. Entonces, algo le dice el extranjero al sherpa y éste asiente con la cabeza y, volviéndose hacia Chettan, le pregunta su nombre. Chettan, me llamo Chettan como mi padre. Y Chettan comprende que es uno de los elegidos.

Al día siguiente, muy de mañana, parten hacia el Kangchenjunga.

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